sábado, 6 de mayo de 2017

EL AMOR NO ES AMADO

«¡El Amor no es amado! ¡El Amor no es amado!», repetía frecuentemente el Santo, herido en su fina sensibilidad de amante, al comprobar la fría indiferencia de los cristianos ante las amorosas finezas del Redentor.
Este amor a Jesucristo será el resorte mágico que le impulsará a realizar acciones que un hombre superficial tal vez considere como niñerías. Cada vez que pronunciaba el nombre de Jesús se relamía los labios. Deseaba que sus frailes recogiesen del suelo los fragmentos de pergamino que hallasen porque en ellos podía encontrarse escrito el nombre del Señor. En cierta ocasión se desnudaron él y su compañero para vestir a un mendigo, porque los pobres eran hermanos de Jesucristo. En la Sagrada Escritura se alude al Redentor como a un leproso, razón suficiente para que Francisco reservase para estos desgraciados, a quienes llamaba los hermanos cristianos, sus más finas atenciones. La fidelidad incondicional a la Iglesia y la devoción al Papado, una de las grandes virtudes del Santo, no frecuentes en una época minada por pequeñas pero múltiples heterodoxias, obedecía a su firme persuasión de que la Iglesia era la Esposa de Jesucristo, y el Papa su Vicario en la tierra.


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